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  • No es mentira que la política de Seguridad en Bogotá es pura palabrería.
  • No es mentira que Peñalosa se ha opuesto de mil maneras a la construcción del Metro de Bogotá.
  • No es mentira que Peñalosa no escucha.
Bogotá, ciudad mestiza, multicultural e independiente
Bogotá, ciudad mestiza

Por Yezid García Abello, Concejal de Bogotá por Alianza Verde

En el anterior artículo (http://bit.ly/1L966CK) hicimos una mínima aproximación a lo que es la naturaleza social de Bogotá. Decíamos: “(…) esta ciudad ha sido un ejemplo de espíritu de asimilación e integración de los migrantes y desplazados. Los bogotanos, que en su mayoría son de origen provinciano y rural, reciben bien y se muestran solidarios con la población que llega continuamente a la ciudad.”[1]

Algunos lectores me han sugerido profundizar en el análisis de la naturaleza social de nuestra ciudad capital. Hoy, que estamos a menos de 2 meses de unas elecciones cruciales de alcalde, concejales y ediles, es necesario abordar algunos aspectos de lo que somos como conjunto social, de las características más relevantes de una urbe metropolitana que crece a diario y enfrenta los retos de profundizar la tarea de construir democracia, integración social y bienestar colectivo. Presentamos algunas cifras sobre este complejo tema y un sintético análisis a manera de ejercicio introductorio sobre lo que es el “ser bogotano”.

De acuerdo al historiador Eduardo Posada desde la misma fundación de Bogotá se remarca el origen mestizo y multicultural de la ciudad. En sus narraciones sobre la ceremonia que le dio vida jurídica al nuevo poblado dice: “jefes y soldados, extranjeros y chibchas, se entregaron a festejar el bautismo de aquella ciudad (…). Todos se dirigieron a las orillas del río Fucha, y allá hicieron carreras de caballos, danzas y juegos de cañas embebidos de chicha y vino”[2]. Como consecuencia, unos meses después nacieron las primeras bogotanas y bogotanos mestizos, origen de la diversa e incluyente ciudad actual.

El explorador, militar y sacerdote español Juan de Castellanos escribió en “Elegías de Varones Ilustres de Indias” los siguientes versos en su honor: “¡Tierra buena, tierra buena! / ¡Tierra que pone fin a nuestra pena! /Tierra de oro, tierra bastecida, / Tierra para hacer perpetua casa, / Tierra con abundancia de comida, / Tierra de grandes pueblos, tierra rasa, / Tierra donde se ve gente vestida, / y a sus tiempos no sabe mal la brasa: / Tierra de bendición, clara y serena, / ¡Tierra que pone fin a nuestra pena!”[3]

En Bogotá, al igual que en el resto del país, se ha desarrollado durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI un proceso de urbanización acelerado. Existen complejas razones políticas y sociales como la violencia y la pobreza que explican la migración del campo a la ciudad, lo que ha determinado un crecimiento exponencial de la población en este enorme centro urbano y el establecimiento de cinturones de miseria en sus alrededores.

Según cifras del DANE, en el año 2010 Bogotá contaba con una población de 7’363.782 habitantes, con proyección para el 2015 de 7’878.783 habitantes. De acuerdo a esas estimaciones, el área metropolitana (con municipios cercanos) ya supera los 10 millones de habitantes. Es la capital industrial y financiera del país, participa aproximadamente con el 25% del PIB industrial y más del 50% del PIB financiero, es el principal eje de atracción de la inversión extranjera directa y el mercado de mayor tamaño a nivel nacional.

Dimensionando a las localidades que conforman el Distrito Capital y considerando las ciudades del país con población mayor de 300.000 habitantes, la ciudad ubica 10 de sus localidades por encima de ese umbral. Las localidades de Suba y Kennedy sobrepasan el millón de habitantes. En 2015, estas localidades fueron superadas en población tan solo por Medellín, Cali y Barranquilla y están por encima de Cartagena. Siguen en orden Engativá y Ciudad Bolívar, que superan a Cúcuta. Bosa, con más habitantes que Soledad, Ibagué y Bucaramanga, completa las 5 localidades con más de medio millón de residentes. Usaquén tiene más habitantes que capitales departamentales como Pereira, Santa Marta, Villavicencio, Pasto, Montería y Valledupar. San Cristóbal supera a Manizales. Usme y Rafael Uribe Uribe a Buenaventura; y Fontibón, con 380.453 habitantes, supera a Neiva y completa, con esta ciudad, las 29 áreas del país con más de 300.000 habitantes. Así, Bogotá podría albergar la población de Medellín, Cali, Barranquilla, Cartagena y Cúcuta, juntas[4].

Según la Consultoría para los Derechos Humanos, CODHES, en el periodo 1999-2005 llegaron a Bogotá más de 260.000 desplazados, aproximadamente el 3,8 % del total de la población de Bogotá[5]. Las localidades donde se concentran la mayoría de la población desplazada son: Ciudad Bolívar, Kennedy, Bosa y Usme.

Pero lo más importante de resaltar de Bogotá en cuanto a su composición social es que recoge una población heterogénea y plural, llegada de todos los rincones y regiones de Colombia, llenos de sueños y de ilusiones, esperanzados en construir una vida nueva y diferente a la que tenían en sus lugares de origen. La diversidad y multiculturalidad es la característica principal de la Capital.

Según la Encuesta Multipropósito, realizada en 2014 por la Secretaría Distrital de Planeación de Bogotá, se pudo establecer que el 42,4% de las personas encuestadas se auto-reconocieron como de etnias negra, mulata, o afrodescendiente; un 20,9% indígena, el 19,4% mestizo(a)s, un 9,59% como blancos, y en menores proporciones las etnias raizal, ROM, y palenquera, con porcentajes de del 0,64%, 0,42%, y 0,5%, respectivamente[6].

Los departamentos que aportan el 59% de los migrantes hacia Bogotá son: Cundinamarca con 599.111 (22%), Boyacá y Casanare con 546.301 (20%) y Tolima y Huila con 463.782 (17%); los siguen los Santanderes (17%), el Eje Cafetero (9,7%), la Región Atlántica (9,2%) y la Región Pacífica (7,2%). Con 130.026 migrantes hacia el Distrito Capital, que corresponde al 1,7%, se encuentra la población procedente de municipios ubicados en otros departamentos.[7]

Las anteriores cifras nos permiten apenas visualizar la complejidad de una ciudad que alberga la diversidad social, étnica, cultural y regional de la Nación colombiana. Lo más importante es que buena parte de la gente migrante, venida desde diferentes ciudades y regiones de Colombia, pareciera liberarse mental y psicológicamente al momento de abandonar su lugar de origen y llegar a Bogotá.

Es evidente que la mayoría de la población que fue desplazada por fenómenos de violencia política o por necesidades económicas, convierte su viaje a Bogotá en un acto de rebeldía y de liberación. Se rebelan contra las condiciones que en sus regiones los obligaron a migrar. Se liberan de relaciones de dependencia, subordinación y clientelismo político que, consecuentemente, no pueden reproducir en la capital de la república. Y con esa actitud han alimentado un sentimiento de independencia política y carácter democrático, que se ha manifestado por más de medio siglo en Bogotá y con mayor fuerza en la década de los años 90s del siglo pasado.

Bogotá en ese sentido es la avanzada democrática y la vanguardia de la lucha social en Colombia. Tres períodos de gobierno en la alcaldía distrital en manos de la izquierda democrática así lo demuestran. Los avances sociales son evidentes así se hayan cometido errores, algunos más graves que otros, pero es indudable que se ha logrado mejorar las condiciones de vida de los grupos de población más pobre y vulnerable de la ciudad, aunque falta mucho por hacer.

La Bogotá Humana encabezada por Gustavo Petro ha contribuido sustancialmente en esa tarea. Se hace necesario que la próxima administración continúe por ese camino, seguramente con mayor experiencia y capacidad. Estamos seguros que la diversidad cultural y la independencia política de los bogotanos se van a seguir combinando y potenciando para hacer de esta ciudad un mejor ambiente de vida para todos. Esa será, estamos seguros, la cuota inicial de los cambios que requiere con urgencia todo el país.

Con ese espíritu trabajamos por la unión de las fuerzas democráticas. Es la principal condición y garantía para impedir que las fuerzas políticas que representan el pasado “recuperen” la ciudad para ponerla al servicio de intereses privados. Los monopolios de la tierra, del capital, de la construcción y el comercio, pretenden utilizar la administración distrital y los recursos públicos de la capital para profundizar la entrega de nuestros mercados a las grandes transnacionales capitalistas y acabar de someter a los trabajadores a la súper-explotación de un modelo neoliberal que hace crisis en todo el mundo.

¡No lo permitiremos! La Bogotá diversa y pluricultural demostrará en las próximas elecciones que la lucha por la democracia cuenta con una ciudadanía capitalina que valora los avances sociales y ambientales y que los defenderá por encima de todo.

Bogotá, 4 de septiembre de 2015

E-mail: yezidgarciaa@gmail.com – Twitter: @yezidgarciaa

https://yezidgarciaconcejal.wordpress.com

[1] García Abello, Yezid (2015). “El inmigrante no es un delincuente: es una víctima de la depredación capitalista”.

[2] Posada, Eduardo (1906). “Narraciones”, Bogotá.

[3] De Castellanos, Juan. “Elegías de varones Ilustres de Indias”, poema épico escrito a finales del siglo XVI.

[4] Secretaria Distrital de Bogotá. (2015). “Inventario de información estadística sobre Bogotá”.

[5] CODHES. “Boletín de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento”. Bogotá, 2006

[6] Secretaria Distrital de Bogotá. (2014). “Poblaciones, demografía y diversidad: hacia la inclusión y la equidad en Bogotá”.

[7] Ídem., óp. Cit.

El inmigrante no es un delincuente, es una victima de la depredación capitalista
Inmigrantes sirios

La problemática de los inmigrantes hoy es noticia en el mundo y en Colombia. Cientos de miles de jóvenes africanos exponen a diario sus vidas atravesando el Mar Mediterráneo en precarias embarcaciones. Muchos de ellos mueren ahogados en el intento. En Norteamérica miles de trabajadores mexicanos y centroamericanos se enfrentan al enorme muro que el gobierno de los EE.UU. construyó para impedir su paso. Allí se exponen a ir a la cárcel o a recibir un balazo. En Europa miles de sirios huyen de la guerra y cruzan Serbia y Hungría con el sueño de llegar a la zona “shengen”. Y en Venezuela, más de un millar de colombianos son expulsados del país acusados de ser paramilitares y delincuentes. Es un drama humanitario que se presenta en muchas otras regiones del mundo. Y de seguro, se va a acrecentar.

¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿En qué se diferencian estas migraciones a otras que ocurrieron en los siglos XIX y XX? ¿Cuál es su particularidad y esencia?

En primer lugar, es importante destacar que el ser humano es por naturaleza migrante, viajero, aventurero. Siempre en búsqueda de una vida mejor, con bienestar y seguridad. Lo hizo desde el principio nuestro ancestral homínido y en ese proceso se transformó en “hombre moderno”. Así surgió la humanidad de la madre África y colonizó el planeta tierra. Todos los pueblos y naciones se han alimentado de múltiples migraciones a lo largo del tiempo. Sin embargo, nunca estas movilizaciones humanas habían llegado al grado de riesgo que muestran las actuales migraciones, en donde se observan conductas desesperadas y suicidas.

Segundo, es necesario mencionar las diferentes clases de migraciones que ocurren en forma simultánea. Mientras millones de jóvenes con cierto grado de cualificación educativa y formación profesional huyen de sus países pobres y dependientes, buscando el supuesto “progreso” en el mundo desarrollado del “norte”, otro grupo de personas de esa parte del planeta –incluso más grande y numerosa–, viaja en plan de turismo, diversión y entretenimiento hacia el “sur”. Paradójicamente, individuos de la tercera edad de esos países ricos deciden pasar sus últimos años en pueblos de la periferia, alejados de una “civilización” hipertrofiada por la congestión, la contaminación ambiental y el consumismo obsesivo.

Así, se conjugan y superponen diferentes clases de migraciones: programadas y espontáneas; masivas e individuales; por causas económicas o por impacto de guerras y conflictos; temporales y definitivas; conflictivas y asimilables. Y de esas diferencias aparecen entonces inmigrantes legales e ilegales, refugiados y asilados, perseguidos o bien tratados, legalizados y expulsados. Normas internacionales y nacionales tratan de reglamentar esta problemática pero más de las veces se quedan cortas frente a una realidad apabullante que asume la forma de una nueva clase de resistencia pero, a la vez, de guerra de exterminio.

Un tercer aspecto que debe analizarse consiste en que las grandes migraciones –individuales o colectivas– del sur hacia el norte, son ocasionadas fundamentalmente por fenómenos económicos relacionados con el nuevo tipo de acumulación capitalista: la desposesión (http://bit.ly/1JBguBZ). La lógica de la ganancia capitalista ya no solo está centrada en la producción y en la generación de empleo precario en los países de la periferia. La apropiación de territorios por parte del gran capital y la reprimarización de las economías de las naciones subordinadas, empuja a millones de seres humanos a la pobreza, la indigencia y la desesperación.

En ese ámbito de conflicto se desarrollan fenómenos que los Estados nacionales no controlan. Diversas clases de violencias han aparecido en todos los continentes. Todo tipo de tráficos ilegales (drogas, armas, personas, combustibles, mercancías, información, pornografía, etc.) se han convertido en nuevas economías subterráneas que son estimuladas y manejadas por la gran burguesía financiera, canalizando dineros y recursos surgidos en medio de la violencia y el crimen. Amplios grupos de migrantes son obligados a ser instrumentos de esas economías “ilícitas” pero que sirven al mismo objetivo de acumulación por desposesión.

Frente a esta problemática, los grupos políticos más reaccionarios utilizan falsos nacionalismos para atizar la xenofobia y el racismo. En Europa importantes sectores políticos han construido su fuerza con base en el rechazo a esta población y la aprobación de normas legales para expulsarla e impedir su entrada al continente. En EE.UU. el precandidato republicano Donald Trump cabalga sobre consignas anti-inmigrantes, lo que le ha traído grandes réditos entre un sector de la población. Aparece como el favorito entre los posibles votantes de esa corriente política. Los inmigrantes mexicanos, latinos e “hispanos”, han sido objeto de sus agresivos ataques que rayan en la locura. Esas fuerzas de derecha le han hecho creer a amplios sectores de la población que la crisis económica y la quiebra moral que sufren sus sociedades son causadas por la presencia de inmigrantes y razas impuras.

En Colombia la problemática se centra en la situación de miles de colombianos residentes en la frontera con Venezuela que están siendo expulsados por el gobierno venezolano. Se ha construido en la nación hermana una matriz ideológica que trata de explicar la violencia que vive ese país, principalmente delincuencial, con la supuesta exportación desde Colombia de grupos paramilitares. Se desconoce así que el fenómeno de la expansión de la delincuencia y las violencias relacionadas, es un problema más complejo asociado al modelo económico neoliberal, a la dependencia del petróleo, a la corrupción de las mismas autoridades civiles y militares, y a la influencia de las economías “ilegales” transnacionales que asolan la sociedad planetaria.

Es indudable que el caso colombiano es bastante atípico. Más de 9,5 millones de colombianos han migrado en los últimos 40 años. La violencia política, la expropiación violenta de la tierra a millones de campesinos, la desindustrialización de la economía, las precarias condiciones laborales, la falta de oportunidades y la ausencia de una democracia plena, obligó a casi la quinta parte de los colombianos a buscar en el exterior lo que no podían conseguir en su país.

Según cálculos aproximados más de 5 millones de nacionales viven en Venezuela. En EE.UU. se calcula la presencia de 2 millones. En Ecuador son 500.000 colombianos. En países como Panamá, Costa Rica, México y Argentina las cifras en conjunto superan los 200.000. En Europa otro tanto, y los demás están regados por todo el mundo. Ha sido una diáspora callada, sorda, ocultada y minimizada por teorías que justifican esa tragedia humana en un supuesto espíritu aventurero de los colombianos, encabezados por los “paisas” (antioqueños).

Pero esa situación también se ha vivido en lo interno. Migraciones forzadas de más de 6 millones de campesinos los ha llevado a refugiarse en los grandes centros urbanos, especialmente en Bogotá, que hoy ya cuenta en su área metropolitana con más de 10 millones de habitantes. Sin embargo, esta ciudad ha sido un ejemplo de espíritu de asimilación e integración de los migrantes y desplazados. Los bogotanos, que en su mayoría son de origen provinciano y rural, reciben bien y se muestran solidarios con la población que llega continuamente a la ciudad. Esa actitud espontánea ha sido totalmente interpretada por la actual administración de la Bogotá Humana, impulsando una política integral contra la segregación social que es un objetivo fundamental de su plan de desarrollo.

De esta experiencia deben aprender los gobiernos de los países receptores de migrantes. Basta ya de estar discriminando y persiguiendo al inmigrante. El alcalde Gustavo Petro ha ofrecido la ciudad para albergar y atender a los nacionales colombianos expulsados de Venezuela (http://bit.ly/1Vd8dMW). Ese ofrecimiento humanitario se constituye en un mentís para quienes quieren hacer creer que todos los colombianos de frontera han sido permeados por el paramilitarismo o son delincuentes.

Sin embargo, en términos generales, la problemática mundial de migraciones incontroladas y masivas requiere de una transformación del modelo de desarrollo depredador del capitalismo salvaje que ha reaparecido en el siglo XXI. Así como la humanidad está degradando el ambiente y la naturaleza, está ocasionado la descomposición de cientos de sociedades humanas, destruye lazos comunitarios de pueblos originarios y genera el caos existencial que lleva a que ocurran fenómenos migratorios de una naturaleza insospechada.

El inmigrante del siglo XXI es una víctima del sistema capitalista. No puede ser tratado como un paria de la tierra y se le deben respetar sus derechos humanos. Expulsiones masivas, señalización discriminatoria y destrucción de sus viviendas, son acciones de naturaleza derechista que le hacen el juego a posiciones políticas reaccionarias.

Así como defendemos los derechos de la naturaleza, de los animales y de todo ser viviente, debemos ponernos al frente de la lucha porque los gobiernos elaboren y apliquen políticas para integrar a los inmigrantes a las diversas sociedades y les ofrezcan todas las condiciones y oportunidades para construir una vida digna y pleno bienestar para sus familias.

Bogotá, D. C., 28 de agosto de 2015

E-mail: yezgara@yahoo.es / Twitter: @yezidgarciaa

Ucrania: preguntas incómodas y respuestas inquietantes. Dossier

Por Varoufakis, Judah, Urtasun, Ferrero, Kakarlitsky, Nikolaidis, Nadal / Revista Sin Permiso

Este Dossier contiene los 7 siguientes textos:

1) Yanis Varoufakis: “Sobre Ucrania: tres preguntas incómodas a los liberales occidentales sobre el derecho de autodeterminación de la minorías nacionales y un comentario sobre el papel de la Unión Europea”;

2) Ben Judah: “Por qué Rusia ya no teme a Occidente”;

3) Ernest Urtasun y Àngel Ferrero: “Ucrania se desgarra entre Occidente y Rusia”;

4) Boris Kagarlitsky “La ‘intervención con algodones’ y el levantamiento de Ucrania”;

5) Andrej Nikolaidis: “Ucranianos, os lo dice un bosnio: la bandera de la UE no es más que un trapo al viento”;

6) Alejandro Nadal: “Ucrania: entre mafias y expansionismo militar”.

7) Harold Meyerson: “Rusia no respeta fronteras. Los EE.UU., tampoco”.

Ecología política, capitalismo actual y políticas de pleno empleo

Una visión post keynesiano-marxista del decrecimiento.

Lo que a continuación se reproduce es la versión castellana del texto de la ponencia presentada por el profesor Brandon Uti a la III Conferencia Internacional sobre Decrecimiento, Sostenibilidad
Ecológica y Justicia Social (Venecia, 19-23 de septiembre de 2012) con el título de "Full Employment & Degrowth: The Social and Ecological Sustainability of The Job Guarantee".

El feminismo socialista en el siglo XXI

Por Johanna Brenner, Revista Sin Permiso

En el siglo XXI las mujeres de las clases trabajadoras - que trabajan en la economía formal, la economía informal, en el campo o hacen trabajo no remunerado - han entrado en la escena política mundial en una sorprendente variedad de movimientos.

Movidas por la guerra capitalista sobre la clase obrera, los cercados que bloquean el acceso a campesinos y agricultores a sus tierras o la destrucción de sus medios de vida, y la crisis consecuente y el reforzamiento de las relaciones destrucción de sus medios de vida, y la crisis consecuente y el reforzamiento de las relaciones feminista y tienen mucho que ofrecer a la izquierda, en su búsqueda a tientas hacia nuevas formas y estrategias de organización.

La Gran Guerra Patria. Prólogo de Fancisco Mosquera

Experiencias de la segunda guerra mundial para tener en cuenta.

La Gran Guerra Patria de la Unión Soviética, de José Stalin, con prólogo de Francisco Mosquera; Ediciones Bandera Roja. Bogotá, agosto de 1980.

Solo el socialismo ofrece la posibilidad de una solución positiva del conflicto palestino-israelí

Foto: Manifestaciones Bogotá en apoyo a Palestina.

El único objetivo en el que pueden converger y forjar una alianza los intereses y las fuerzas de las masas palestinas árabes y hebreas es el socialismo, que es necesariamente un proyecto regional, que no se limita al territorio de Palestina. No hay atajos para derrocar al sionismo.

Partido del Trabajo de Colombia

Colombia

Aunque sus antecedentes se remontan a los antiquísimos pueblos y culturas americanas, la moderna nación colombiana tuvo su punto de arranque en el Nuevo Reino de Granada, establecido por la Conquista española, convertido dos centurias más tarde en Virreinato. Mediante la Guerra de Independencia de España liderada por Simón Bolívar, en Colombia se estableció la república en 1821, junto con Venezuela y Ecuador, en el seno de la Gran Colombia, que se desintegró en 1830 con la separación de las dos últimas.

Desde fines del siglo XIX, el monocultivo del café para la exportación caracterizó al país en el conjunto de la economía internacional; aunque en el siglo XX alcanzó un muy incipiente nivel de industrialización, hoy exporta principalmente petróleo y otros productos primarios y constituye uno de los países de tamaño mediano de América Latina. Panamá fue cercenada del territorio en 1903 mediante la presión imperialista de los Estados Unidos.

A partir de esa fecha, Colombia ha girado en la órbita de la dominación norteamericana con las secuelas del atraso económico, la pérdida de la soberanía nacional y la miseria para la inmensa mayoría de sus habitantes, con la complacencia de los gobiernos oligárquicos que manejaron el país durante el siglo XX. Los sectores dirigentes del país se agruparon históricamente en los partidos liberal y conservador, dos de las agrupaciones políticas más antiguas del continente –conformadas en la primera mitad del siglo XIX-, y hoy se hallan en plena decadencia.

La clase obrera colombiana surgió y se desarrolló inicialmente desde el amanecer del siglo XX en los puertos, ferrocarriles y servicios públicos, en las plantaciones bananeras y la industria textil y en las explotaciones petroleras de capital norteamericano. Desde entonces ha librado históricas batallas en pro de los recursos naturales del país, la democracia, el interés público y de sus propias reivindicaciones y las del conjunto del pueblo así como en solidaridad con otros pueblos y naciones del mundo entero.

El Partido

El Partido del Trabajo de Colombia adoptó su nuevo nombre hace apenas dos años y tuvo su origen en el MOIR, Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, organizado en 1969 inicialmente como una central sindical de trabajadores y luego como partido político bajo la dirección de su fundador y máximo líder, Francisco Mosquera. El moirismo, como fuerza política y teoría de la revolución colombiana de carácter marxista-leninista y maoísta, provenía a su vez de la primera organización antiimperialista del período de posguerra fundada en Colombia, el MOEC –Movimiento Obrero Estudiantil Campesino- en 1959, en la época del Frente Nacional de los dos partidos tradicionales de la oligarquía.

El guerrillerismo y las aventuras extremoizquierdistas al margen de la lucha de masas, el desconocimiento del país y la carencia de una teoría sobre nuestra revolución, al igual que de una actividad basada en los propios recursos, dieron al traste con aquel primer intento. No obstante, aportó las acertadas ideas de señalar la dominación imperialista norteamericana como obstáculo principal del progreso del país, propugnar la creación de una fuerza política independiente de los dos partidos tradicionales e identificar la vía revolucionaria como salida a los problemas de la nación.

Sobre esta base, y la de la crítica a los graves errores cometidos, Francisco Mosquera emprendió la construcción de una nueva corriente revolucionaria a partir de 1965 cuyas características principales fueron la decisión de construir un partido de clase a partir del trabajo en el movimiento obrero, el reconocimiento de que los sectores populares en Colombia afrontaban un período de acumulación de fuerzas, sin condiciones inmediatas para una lucha de tipo insurreccional, y de una estrategia de frente único de liberación nacional para llevar a cabo una revolución democrático –nacional contra el yugo norteamericano. En el plano internacional, se respaldó la línea preconizada por el Partido Comunista Chino, en aquel entonces bajo la dirección del presidente Mao Tsetung, en su lucha contra la revisión del marxismo adelantada por los dirigentes del PCUS y contra el expansionismo de la Unión Soviética.

A través de un período que se prolongó hasta comienzos de los años ochenta, de formación de la línea, de forja y temple de la dirección partidaria y de expansión y ascenso del moirismo a escala nacional, principalmente mediante el aprovechamiento de la lucha política, el Partido vivió una época de crecimiento organizativo y de acrecida influencia. Afincado en la construcción partidaria entre la clase obrera, pudo orientar memorables batallas en el movimiento estudiantil y tomar la crucial decisión de participar en la lucha electoral y parlamentaria.

Una legión de jóvenes provenientes de tales luchas jugó desde el inicio de los años setenta un papel decisivo en la extensión nacional del moirismo y en la conformación de la estructura de sus cuadros dirigentes. Al frente de aquella formidable inyección de energía vital a las filas moiristas marchó el entonces secretario de su organización juvenil, Marcelo Torres, el actual Secretario General del PTC. Los moiristas, bajo la conducción de Francisco Mosquera, realizaron un valioso aporte ideológico y político a la más importante coalición de fuerzas de izquierda del decenio de 1970 en Colombia, la UNO, Unión Nacional de Oposición. En primera línea, en las calles y al lado del pueblo, libraron también la más grandiosa jornada de esa época, la del paro cívico nacional de 1977.

El turbión de violencia que azotó a Colombia en los ochenta, en un contexto general en que las fuerzas prosoviéticas todavía pugnaban por ganar terreno en Centroamérica y el Caribe, si bien su avance ya había cesado, constituyó una época de máximas dificultades y de dura prueba para el moirismo. La expansión e influencia de tales fuerzas por todo el país bajo la sombrilla de un fracasado proceso de paz durante el gobierno de Belisario Betancur, conllevó el inevitable repliegue de los destacamentos moiristas de las zonas rurales –luego del asesinato de varios de sus cuadros por agrupaciones guerrilleras- donde adelantaba un trabajo de organización de cooperativas campesinas.

Tan complejas circunstancias llevaron a que demandara públicamente del Estado, sin mayores resultados, garantías para la actividad y la vida de sus militantes, amenazados por un proselitismo armado adelantado al amparo del proceso de paz, civilización de la contienda política e igualdad ante la ley para todos los partidos y a que uniera esfuerzos en tal dirección con fuerzas democráticas y sectores afectados por la crítica situación del país.

De dicha época data también el surgimiento y la generalización a todo el país de huestes armadas autodenominadas de “autodefensa”, apoyadas por terratenientes y grandes capitalistas, que el país conoce desde entonces como grupos paramilitares, sobre todo por sus terribles represalias, contra individuos o comunidades enteras, a quienes sindica de colaboración con las organizaciones insurgentes. Aún en condiciones tan adversas, los efectivos del moirismo tuvieron una significativa participación en la creación de una nueva central obrera en Colombia, la CTDC, Confederación de Trabajadores Democráticos de Colombia- que poco después al fusionarse con la CGT se denominó CGTD –Confederación General de Trabajadores Democráticos de Colombia.

El derrumbe soviético, el comienzo del período neoliberal y nuevas conversaciones de paz en Colombia –pronto frustradas- abrieron en la perturbadora situación nacional un breve paréntesis que no tardó en cerrarse. Así, Colombia entró en los noventa a un nuevo período de la vida nacional, bajo la sombra del neoliberalismo y la “apertura económica” impuestos por el Consenso de Washington, pero sin liberarse, ni mucho menos, del viejo flagelo de la violencia.

En el último decenio del siglo XX y en lo que va de la presente centuria, Colombia , como los países de América Latina y del resto del Tercer Mundo, padeció los rigores de la “economía de mercado” y la globalización imperialista. La apertura del mercado de bienes y de capitales, la liberalización del sector financiero, la brutal arremetida contra los derechos y conquistas de los trabajadores, la privatización de las mejores empresas y entidades estatales y su traspaso a manos de las multinacionales, la reducción sustancial del gasto social y la desregulación de la economía, trajeron la postración del país y el peor empobrecimiento de su historia.

Sin embargo, desde el inicio de tan oscuro pasaje, en una serie de textos tan demoledores como clarividentes, el jefe del moirismo, Francisco Mosquera, desentrañó no sólo el sentido del vuelco planetario en marcha, las características y el fondo de la “apertura económica” y el modelo neoliberal, sino que trazó la línea táctica general de frente único de salvación nacional para Colombia, más amplio que en las etapas históricas precedentes, y precisó que la resistencia civil del pueblo es la forma de lucha principal del período. Armados con este desarrollo de la teoría revolucionaria y aplicándola a las condiciones concretas del país, los moiristas supieron sortear los crecientes escollos y viscisitudes de la nueva época de repliegue general hasta la muerte del fundador del Partido en 1994.

Tras tan infausto suceso, emergió en la dirección del Partido la malsana tendencia que, en contravía de las tesis planteadas por Mosquera para los tiempos del neoliberalismo, dió en reducir la política de alianzas a los sectores de izquierda, en ampliar el blanco de ataque a fuerzas susceptibles de incorporarse a la resistencia civil, en menospreciar la lucha en defensa de la democracia burguesa y minimizar la vigencia política de la lucha parlamentaria, y en reemplazar la lucha ideológica por el centralismo burocrático en las relaciones internas.

Todo lo cual configuró un recrudecido brote de infantilismo de “izquierda”, una inaceptable contramarcha en el desarrollo ideológico del moirismo hacia tiempos y actitudes superados precisamente con su nacimiento. A tamaña involución se opuso la corriente encabezada por Marcelo Torres y un grupo de cuadros dirigentes que aglutinó la mayoría del Partido, desatándose una aguda pugna. Ante la pérdida del escaño de Senado, derivada del disparate de dividir las fuerzas del Partido para las elecciones de Congreso de 1998, y al imperdonable desatino de negarse a concentrar el ataque público en las elecciones presidenciales de ese año en Andrés Pastrana, el candidato de Estados Unidos y quien saliera elegido a la postre, las discrepancias desembocaron en una inevitable ruptura.

La adopción del nombre del PTC vino a constituir la culminación de una lucha interna de varios años en defensa de la línea táctica general elaborada por Francisco Mosquera. Fue justamente el líder del Partido quien propusiera dicho nombre desde la época de la fundación del mismo. La nueva sigla, PTC, va seguida de la denominación “moirista” como vínculo indisoluble con la historia de la cual proviene.

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