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Artículos de Opinión: De lo real en la literatura a lo mágico en la historia

Cultura LA MASACRE DE LAS BANANERAS Y LAS MEMORIAS DE GARCÍA MÁRQUEZ

En la segunda semana de octubre salió al mercado, bajo el título de Vivir para contarla, el tan esperado primer tomo de las memorias de Gabriel García Márquez, hecho considerado el acontecimiento literario mundial del año. Y, como era previsible, el revuelo ha sido notable.

Resulta, pues, oportuno, referirnos a un episodio dramático de la historia nacional que ha inspirado con insistencia al laureado escritor, especie de leitmotiv en su novelística, evocado reiteradamente, y con respeto, en sus memorias y, ¡quién lo creyera!, minimizado y convertido en simple “leyenda” por uno de sus comentaristas oficiosos. Nos referimos a la masacre de las bananeras y a su introducción en el reino de la fábula por el ex presidente Alfonso López Michelsen (Revista Cambio, 7 de octubre).

Del realismo mágico en la literatura al “macondismo” en la historia

Nuestro Nobel ha sido considerado como el máximo exponente del “realismo mágico”, término cuyo ancestro inmediato –“lo real maravilloso”– fue acuñado por Alejo Carpentier para “denunciar la farsa surrealista de lo maravilloso obtenido con trucos de prestidigitación...” y reivindicar “lo real maravilloso” como “patrimonio de la América entera”, hallado a cada paso en “una tierra con millares de hombres ansiosos de libertad..., en la virginidad del paisaje, ...en la presencia fáustica del indio y del negro...” (Prólogo a El reino de este mundo).

Pero, muy pronto estos hallazgos estéticos que obtuvieron resonancia mundial dentro de lo que se llamó el boom literario latinoamericano, fueron adoptados como receta de moda y la producción artística dejó de ser creativa y se convirtió en reiteración de la fórmula encontrada, dando origen a lo que, en 1987, Germán Espinosa calificó como “macondismo”, es decir la imitación superficial y gratuita de García Márquez con una visión “pintoresquista de Latinoamérica”. Este “macondismo” hizo alarde de una “fantasía desbordada, especie de prolongación de la visión alucinada que los conquistadores españoles tuvieron inicialmente de nuestra América”, como expediente fácil de mercado que empezó con la demanda europea pero que, en un verdadero punto muerto llevó a los latinoamericanos a demandar “macondismo” a los europeos (Magazín Dominical de El Espectador, 23 de agosto de 1987).

Respecto del episodio histórico mencionado, el ex presidente López Michelsen, en su labor fabuladora, traspasa los límites del realismo mágico característico del novelista hasta arribar al “macondismo” histórico, con el agravante de que, mientras en sus novelas y en sus memorias García Márquez mantiene la dignidad del drama, su comentarista, en un desprecio absoluto por la objetividad de lo sucedido, lo convierte en una “leyenda”, lo minimiza y lo aproxima al ridículo.

De la realidad a la leyenda de la masacre de las bananeras

El próximo 6 de diciembre se cumplen 74 años del sangriento episodio conocido como la Masacre de las Bananeras, fecha luctuosa para los trabajadores y para la nación, puesto que en ella ocurrió una de las mayores afrentas para nuesra soberanía y para los derechos de las clases trabajadoras, acontecimiento sepultado en el olvido durante décadas por la historiografía oficial...

En octubre de 1928 el sindicato de la United Fruit Company, empresa bananera de capital estadounidense, había presentado un pliego de peticiones que buscaba aliviar un poco las condiciones infrahumanas en que laboraban 30.000 trabajadadores. La compañía, contando con el respaldo del gobierno de Estados Unidos y del régimen conservador de Miguel Abadía Méndez, se negó a discutir el pliego, viéndose obligados los trabajadores a iniciar la huelga el domingo 11 de noviembre. Inmediatamente, el gobierno colombiano nombró jefe civil y militar de la región al general Carlos Cortés Vargas quien en cumplimiento de la “Ley Heroica”, “estado de conmoción interior” de entonces, y en abierta defensa de los intereses de la compañía extranjera, militarizó la zona bananera, protegió a los esquiroles, detuvo alrededor de 500 huelguistas y llevó a muchos de ellos a la tortura del cepo.

Desafiando el intimidatorio decreto de Cortés Vargas que declaró a los huelguistas “cuadrilla de malhechores” y facultó a la fuerza pública para “castigarlos por las armas”, los trabajadores continuaron su resistencia heroica. Pero, bajo la creciente presión del embajador y de los marines estadounidenses, en la madrugada del jueves 6 de diciembre fue ametrallada la multitudinaria concentración pacífica que se realizaba desde el día anterior en la plaza de Ciénaga, dejando cerca de mil muertos y centenares de heridos, como inicio de una verdadera carnicería que, para abatir el movimiento, no cesó hasta mediados de 1929, y que conllevó persecusiones, detenciones y fusilamientos indiscriminados (entre ellos el asesinato de uno de los dirigentes de la huelga, Erasmo Coronel), consejos verbales de guerra y condenas inauditas a los líderes sindicales, acrecentando notablemente las cifras sangrientas del 6 de diciembre. Estos datos verificados ya son del haber de los historiadores y políticos de cierto rigor.

Recogiendo el significado de este drama nacional, García Márquez narra así la masacre en Cien años de soledad:

    El capitán dio la orden de fuego y catorce nidos de ametralladoras le respondieron en el acto. Pero todo parecía una farsa. Era como si las ametralladoras hubieran estado cargadas con engañifas de pirotecnia, porque se escuchaba su anhelante tableteo, y se veían sus escupitajos incandescentes, pero no se percibía la más leve reacción, ni una voz, ni siquiera un suspiro, entre la muchedumbre compacta que parecía  petrificada por una invulnerabilidad instantánea.

     (...)

     Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta...Estaban acorralados, girando en un torbellino gigantesco que poco a poco se reducía a su epicentro porque sus bordes iban  siendo sistemáticamente recortados en redondo, como pelando una cebolla, por las tijeras insaciables y metódicas de la metralla.

Y, recogiendo la versión de la historiografía oficial que pretendió, por encima de todas las evidencias, extirpar de la memoria colectiva la significación de los sucesos, sigue narrando:

    José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó de tomar el café.

     –Debían ser como tres mil –murmuró

     –¿Qué?

     –Los muertos –aclaró él. Debían ser todos los que estaban en la estación.

     La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo.

     (...)

     Tampoco [Aureliano Segundo] creyó la versión de la masacre ni la pesadilla del tren cargado de muertos que viajaba hacia el mar. La noche anterior habían leído un bando nacional extraordinario, para informar que los obreros habían obedecido la orden de evacuar la estación, y se dirigían a sus casas en caravanas pacíficas.

     (...)

     “Seguro que fue un sueño” insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.

El ex presidente López Michelsen, oficiando de amanuense de los macondianos, que no creen a José Arcadio Segundo el relato de los sucesos sangrientos de la estación, minimiza la dimensión social e histórica de la masacre, atribuyéndole, al amparo de su capricho, un número de muertos inferior a cincuenta; exonera de culpa al carnicero Cortés Vargas y al régimen de Abadía Méndez, y la descarga cínicamente sobre los trabajadores “por no atender un imprudente toque de queda”; y borra toda inculpación al capital imperialista al describir a los trabajadores de la zona bananera como “afortunados... siempre inconformes con el patrón gringo... pero envidiados por sus homólogos de otras regiones de Colombia, que no disfrutaban de las mismas ventajas”. ¡Estribillo más propio de los propagandistas del modelo neoliberal que, como su ancestro proimperialista de hace 74 años, tiene la rodilla en tierra para servir a los yanquis y la metralla para reprimir a los hijos del pueblo, tal como entonces lo denunciara en el Parlamento Jorge Eliécer Gaitán a propósito de la masacre de las bananeras!

Así lo refiere el ex presidente en su artículo de Cambio:

     Sin embargo, llegó la hora del choque entre la empresa y sus trabajadores y de allí surgió otra  leyenda con ribetes políticos. La matanza de los trabajadores de las bananeras. En los relatos novelescos, se hacen contar los muertos por centenares, víctimas de los fusilamientos oficiales, cuando parece que no llegaron a cincuenta quienes, por no atender un imprudente toque de queda, cayeron bajo la metralla del general Cortés Vargas. (Cursivas nuestras).

¡Y, como si lo anterior fuera poco equipara, en el plano de la “leyenda”, el hecho verificado de la masacre con la conseja de que “los jornaleros en los días de pago bailaban la cumbia a la luz de los billetes de a dólar que prendían en lugar de las velas tradicionales”!

Que hoy un ex presidente liberal, a la usanza de los autores de textos en épocas más retrógradas, escamotee los hechos de manera tan olímpica, por no decir malintencionada, es ya “macondismo” torvo. Si el ex presidente de marras escribiese sus memorias, bien podría titularlas “memorias de un desmemoriado”.

 


 

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